.La cebolleta de Romero de Torres.

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Hace unos días asistí con mi chica a una reunión social.

Los seres humanos hemos evolucionado para convertir (entre otras cosas) las reuniones animales (los agrupamientos que de vez en cuando tenemos por obligación o por gusto asistir más o menos arregladitos) en lugares donde desarrollamos y compartimos nuestras carencias, vicios o virtudes sociales, que para esto se supone que somos seres civilizados. Otros primates tienen la misma costumbre, menos evolucionada, de reunirse en grupos más o menos grandes de individuos para conseguir un bien común. Así, dentro de esos grupos, ya existe un embrión de sociabilidad traído por las relaciones que sus integrantes establecen entre sí: compartir comida (por escalafón social), transmitir algún conocimiento útil (como pelar una fruta), realizar tareas sanitarias (comerse los parásitos de otro) o, simplemente, cepillarse (copular) con la vecina si el vecino está cazando moscas.

Nosotros, en nuestros encuentros sociales, hemos complicado estas relaciones dotándolas de reglas que aplicamos de forma muy diferente dependiendo del tipo de reunión social. No actuamos de igual manera en un cumpleaños, en una reunión de trabajo o practicando un deporte. Incluso dentro de cada tipo de reunión puede haber variantes de alteren nuestra forma de comportarnos y comunicarnos: en el cumpleaños del hijo pequeño de un sufrido amigo no se comporta uno de igual forma que en el cumpleaños de la amiga “buenorra” aún libre de compromiso.

Lo cierto es que debemos guardar ciertas normas que sujeten nuestros más bajos instintos animales y las más altas aspiraciones emocionales. Pero esto no ocurre siempre. A veces, en toda reunión de adultos, cada individuo parece adoptar una pose con mayor o menor naturalidad dependiente de algún tipo de carencia o prejuicio. Y estas actitudes no descalifican a la persona si las asumes como comportamientos casi defensivos, inocentes, llenos de ternura y poca sensibilidad.  

Me topé con una persona que en las escasas horas que duró el encuentro social, arrasó con una serie de valores que uno creía universales. En toda reunión con familiares y amigos, existe una regla no pactada que aconseja no hablar de política o de religión. Muchas veces se cumple a rajatabla. Yo no soy partidario de sesgar el intercambio de conocimientos y experiencias de esas dos disciplinas creadas del ser humano porque se nos supone moderados y educados, podemos hablar de todo y argumentar posturas opuestas, aunque muchas personas terminan insultando o descalificando las opiniones diferentes a las suyas. Y es curioso que la inmensa parte de los conflictos que ha sufrido el hombre, la inmensa mayoría de muertes en guerras, provienen de desavenencias en estas dos creaciones sociales destinadas a cuidar la vida terrenal y espiritual, triste paradoja.

Empezamos a hablar de algo tan blanco como el deporte (no fútbol, que ya casi no es deporte). Uno de los amigos mencionó que había adquirido (gracias a un merecido premio) un casco de esquí de una marca de elevado precio. Era un lujo merecido. El amigo sobre el que recae este post modificó enseguida su actitud postural hasta recordarme uno de los cuadros bellísimos de bellísimas morenazas españolas que pintó Romero de Torres, teniendo como modelo a “Chiquita, La Piconera”: piernas abiertas, tronco recostado sobre las rodillas con uno de los brazos formando una “L” invertida y su puño inserto en el final inferior del Fémur, postura que mantuvo casi en todo momento. Y, en este brete, comentó con cierta crítica y desdén: “…así debe ser, nada de “Decathlon…” (refiriéndose a la tienda francesa de ropa deportiva y precios populares). Y pensé… llevo tropecientos años de montañero, destrozándome las rodillas con la bici de montaña, aguantando vientos y tempestades, polvo y cuestas, frío y garrapatas y casi toda mi ropa “técnica”, casi toda, nunca fue de marca guay… no se cómo he podido vivir así… cómo he podido no darme cuenta de ese “look montañero” que tan bien sienta delante del Audi Q7 aparcado al lado de “Casa Cirilo”. Y yo, mientras, vestido de pollo sufridor.

Hubo un inciso gastronómico cuando otro amigo se refirió al comienzo de la temporada de calçots, la famosa calçotada catalana y el citado amigo le corrigió diciendo: “…mejor dicho, cebolletas“. Pues en sensu stricto puede, pero el calçot o cebollaScreenshot_1 tardía de Lérida es una variedad de cebolla, no es una cebolleta al uso, aunque se le parezca y sea familiar cercano. Creo que el comentario iba más bien por la variedad lingüística de España, enorme riqueza cultural, un catalán puede colocar a su hijo el nombre de Carles, una gallega a su hija Marutxa y yo al mío Miguel, y así hay que llamarles, porque se olvida que esos idiomas son nuestros, igual que el castellano.

Más tarde la conversación giró entorno a la sanidad; afortunadamente casi no hubo referencia a los achaques que todos sufrimos llegados a cierta edad, aunque nos cuidemos con amor y dedicación. Comentando una amiga cómo en la zona de neonatos de un hospital había un recién nacido (¡no iba a estar en la cafetería!) con problemas y, con él, la madre pseudo-hippy con colores en el pelo y el padre pseudo-hippy con larga melena y ropa ad-hoc. El amigo hizo gesto de asentimiento penduleando su cabeza mientras miraba el infinito suelo, torneando los labios y forjando una sonrisa: “el melenas apareció…“, no pude oír más porque estaba dando buena cuenta de unos “Kimbos”, esa rica variante tan española creada por perturbada mente cuando se le ocurrió meter un duro y agrio pepinillo en todo el jugoso agujero de una hermosa aceituna Gordal. Pero estaba claro que tampoco le gustaban los hippies… ¡Demonios!, ¿me oculto?,  si supiera que yo en los setenta, con 16 dulces añitos y una hermosa melena, seguía las enseñanzas de los gurús pringados de incienso y pachuli concentrados en la Cala Portinatx de Ibiza, cuando se inauguró “Pachá”, las chicas cubrían sus cuerpos con blancos paños transparentes, todos éramos hermanos y la paz era lo más deseable. Mejor me callo, pensé.

Yo le miraba y escuchaba con mayor atención, ya había cogido el puntito alegre que te otorga la ingesta de dos botes de Coca-Cola Light. El amigo, sin embargo, llevaba dos pelotazos y no perdía la posición inicial que terminé bautizando como “Postura la piconera”. Además no paraba de fumar “por decreto” (la proporción entre no fumadores y fumadores era de 9 a 1).  

Pasaban los minutos y las conversaciones se habían dividido por sexos. Al final siempre nos sale ese macho y esa hembra que todos tenemos y necesitamos corroborar con los del mismo sexo. Y menos mal que el tema del fútbol no llego a plantearse, porque imaginaba que acabaríamos los machos de la reunión perdiendo los papeles y ganando las batallas para presumir de tamaños, logros conyugales o posesiones terrenales. Pero no, éramos muy civilizados… o no bebimos las suficientes Coca-Cola´s Light, digo.

Yo continué disfrutando del ágape dando buena cuenta de unos pinchitos creados de abrazar un dátil por una loncha de beicon y freírlo todo ello, pincho provocación dónde los haya, el dulce y muy musulmán dátil abrazado por loncha de cerdo impuro. Surgió un tema muy delicado: la inmigración. Ahora, en plena crisis, le pica mucho a la peña la entrada de inmigrantes, algo que no molestaba de esta forma en los tiempos de la bonanza ladrillera, cuando la mano de obra “sucia” nos convenía. Además se tiende a criticar a los pobres puñeteros negros subsaharianos que, sin identificación alguna, se juegan el tipo para saltar las vallas fronterizas. Y no se comenta nada en absoluto de la inmigración que llega, eso sí con identificación, a través de los aeropuertos y carreteras y que supone más del 90% del total. Siempre lo pagan los mismos. Pues aludiendo a dichos saltos sangrientos de dimensión muy superior a los olímpicos, surgió el tema de las mafias: “…pues les cobran mucho dinero por pasar a los inmigrantes” dijo uno, “…qué va, ¡vete a saber en que se lo gastan“. En fin, un mes, tan sólo un mes en un campo de refugiados borraría la inmensa comodidad mental en que nos hemos instalado en nuestra Europa, cuna de derecho internacional, la cultura occidental y los espagueti.

Hubo unos minutos de despiste por mi parte porque atendí a otra conversación, me preguntaron algo y desvié la atención al grupo de las chicas, bien majas ellas, bien educado yo. Entonces, y mientras escuchaba los comentarios de ellas, creí oír de boca del amigo una discrepancia con la actuación de determinados radicales musulmanes. Acerté a escuchar depositar la culpa de muchas guerras en los seguidores del profeta (¡Al lahu àkbar!). Alcancé cuando me vino a la memoria la vieja discusión sobre la conveniencia o no de las cruzadas (las 8) al grito de “Deus vult“, eventos que no solucionaron nada y crearon enormes dolores de cabeza al Dios de cristianos y musulmanes… Y llegué a escuchar echar la culpa de las guerras europeas a los musulmanes. Algunas si fueron provocadas por extremistas, pero estos canallas abundan en todos los bandos religiosos. La última (espero) y terrible guerra sobre territorio europeo fue provocada por parte del pueblo serbio de la antigua Yugoslavia, católicos, y causaron un genocidio en la mayoría del pueblo croata, musulmanes ellos, empleando francotiradores, campos de exterminio, torturas, violaciones como castigos solo equivalentes a los cometidos por los nazis de Hitler o los pirados de Stalin… mejor callarse la causa, he aprendido que los dioses que gobiernan no tienen culpa alguna de estas atrocidades.

Cuando daba buena cuenta de unos deliciosos sándwiches con desconocidos pero sabrosos interiores, la conversación dio un giro más colorista, no tan negro. Y, sinceramente, desconozco cómo enlazamos este tema. Los homosexuales. “Casi ná“, un colectivo que tiene la costumbre de celebrar el “Día del orgullo gay”, algo que no me gusta pero que no me molesta; se por amigos que la inmensa mayoría de homosexuales recela y critica estas conductas tan propias de un carnaval. Por supuesto el amigo no calló: “…los gays tienen mucha pasta porque no tiene que gastarse dinero en hijos como nosotros, todo es para ellos y sus vicios“. Y yo, con lo malo que soy aunque no lo parezca, imaginaba a este amigo en plena noche carnavalera de Chueca encontrándose frente a un maricón de dos metros de altura, cuerpazo “rambo” y cartera llena… apretar el culo toca. Lo malo de muchos machos hispánicos es que fuera de su ruedo se acobardan, cualquier “pecholobo” conocido en mis años de mili y vicio, quedábase acojonado cuando le aislabas del resto de la manada. 

Bueno, gracias a mi edad ya algo avanzada, he aprendido a tener paciencia y temple, poco pero significativo y en momentos claves. Además acudo siempre a la sabiduría popular plasmada en dichos y refranes que no suelen equivocar su el destino. Y así, mientras unos rezan y otros arremeten, yo imploré para mí unas sentencias populares tan sabias, casi salidas de la boca de Plinio, el personaje literario creado por García Pavón, policía de Tomelloso lleno de intuición y sabiduría: “A palabras necias, oídos sordos”, “No hay mayor desprecio que el no aprecio” y “No por mucho tempranar, amanece más madrugo“… confieso que esta última me descolocó un poco.

El amigo era un concentrado Avecrem de opiniones humana y socialmente incorrectas. Y nosotros parecíamos los fideos. Hacía mucho tiempo que no asistía a una sesión continua. Y que nadie se ofenda, no lo he pretendido, esto lo podía haber transcrito sin opiniones personales pero, después del ejercicio de autocontrol nivel “Maestro Zen” y, como este es mi espacio, pues no he podido reprimirme.

Como fiel seguidor de la evolución -parte porque es inevitable y parte porque creo en su poder de cambio a mejor- tanto en los procesos físicos de todo los seres vivos como en los complejos, difíciles y desconcertantes pensamientos y reacciones de nuestra mente, sigo teniendo esperanza en el ser humano. 

Soy muy tolerante, respeto todo y a todos, pero demando lo mismo.

Y por higiene mental y penitencia social, después de aquélla suculenta reunión social, me hice un autochequeo mirándome al espejo, directo a mis ojos. Y, como siempre me ocurre, no salgo muy bien parado, estoy lleno de defectos, soy el segundo en reconocerlo (el primero es mi hamster) pero, al menos, intento ejercer la sana costumbre del respeto al prójimo y el recomendable ejercicio de empatizar con las personas. Además de estarme calladito cuando el gallo canta.

Luego me tomé un Laphroaig de 15 añitos, sin hielo, como debe ser, que para eso soy mayor, un whisky rotundo y sincero que, o gusta mucho o lo odias. Porque a las personas nunca hay que odiarlas.

 

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