El suicidio más hermoso

Una buena foto, de esas que espantan las legañas del tedio y agitan los grises cerebros, siempre tiene una historia que contar, un sentimiento que transmitir; es un instante único e irrepetible que invita al sosiego necesario para admirar (casi para toda la eternidad) ese fugaz momento impreso en una emulsión fotográfica.

Y el uso del blanco y negro como reflejo de la realidad, otorga sensaciones imposibles de imaginar desde ese cristal capaz de filtrar los siempre engañosos colores del arco iris, de una realidad que a veces, de tanto vivirla, de tanto sufrirla, se asume oscura, aburrida y escasa en sensaciones; ya por ello acostumbrados a los colores que adornan y cubren las cosas y las personas, pero que nunca muestran su lado oculto.

Pocas veces la belleza se alía de forma irreversible con la muerte, pocas veces el trágico final de una vida recién estrenada se convierte en tenue velo que difumina su terrible hedor. Evelyn McHale fue una hermosa joven de tan sólo 23 años; una de tantas neoyorquinas de esa ciudad compendio de culturas y desventuras, brillante morada de todo tipo de hombres, bestias y dioses, referencia del lujo y la miseria. Trabajaba como contable en una empresa de grabado allá por el año 1947, calientes aun las armas de ese nuevo tropiezo del ser humano, empeñado en matarse puntualmente. Un año poco dado a efemérides destacables, año escaso en esos acontecimientos de enciclopedia o noticias de alta sociedad, pero próximo final de década preludio de los locos «fifties» de “rockeros” y faldas plisadas y de la románticamente cruel guerra del Vietnam.

Sin embargo, para Evelyn sería un año especial, único e irrepetible en su joven existencia. Y todo por pincharse con la espina de esa rosa que a veces el amor ofrece cuando el novio abandona distraído por otros perfumes, desconocido eterno que pudo haber evitado su temprano final tan sólo con haber curado la herida que siempre infringe esa espina traicionera del querer compartido. Me imagino cómo él, incrédulo, nunca creyó la amenaza de probar a volar sin alas por culpa de un beso negado, de una caricia olvidada, de un reproche escupido sin piedad en su dulce cara. E imagino, además, su frágil cuerpo vestido con mimo como cada mañana, su bonito rostro adornado con las pinturas de esa guerra tan placentera que supone el amor primero, eso que llamamos enamorarse, dulce y venenosa flor de temporada; y sigo imaginando el tiempo dedicado a acicalar con prendas ajustadas, guantes ajustados y medias ajustadas su templado cuerpo.

Barry, su novio, la despidió con un beso en la estación de tren de Easton después de celebrar su cumpleaños y comentó «ella estaba feliz y tan normal como cualquier chica a punto de casarse…«. Luego Evelyn subió al tren que la conduciría a la gran ciudad y al terrible final.

Veinte minutos antes de las once de la mañana posó sus pies sobre la poco elegante barandilla del mirador del piso 86, atalaya referencia de anteriores suicidas en ese coloso eterno y elegante que siempre ha sido el Empire State Building. Quizá temblando por el frío de la altura y no por la indecisión, quizá recordando los hermosos días del eterno dislate que provoca la pasión, resuelta a intentar caminar sobre el aire durante unos segundos para que el viento le lleve fuera del mundo que sirvió de morada a su traicionero amante.

Dicen que un policía la vio caer envuelta en una bufanda blanca que trazaba nerviosos remolinos atrapados en cada ventana, como si de una película llena de macabros fotogramas se tratase. Dicen que el ruido producido por el impacto fue lo más parecido a una explosión indecente que destacaba sobre el murmullo del tráfico urbano.

Dicen que el automóvil tuvo cierta piedad en no destrozar en mil sangrientos pedazos su frágil cuerpo porque nada pudo hacer por su alma. Dicen que el duro acero de Detroit de la carrocería de la limusina, como guardián poderoso, atrapó en un inevitable y mortal abrazo su figura queriendo imitar la cuna que la vio nacer. Dicen que ella, sin perder un ápice de su discreta elegancia y sutil coquetería, sin perder sus ajustados guantes de señorita, dejó su vida sobre el frío metal sujetando con su mano izquierda el collar con el que pugnaba en coquetería y que horas antes lucía adornando su cuello.

Apenas perturba ese único indicio de brusca tragedia reflejado en esas piernas ligeramente cruzadas, en esas medias revueltas y enredadas que descubren unos pequeños y hermosos pies desnudos enarbolando una ya perdida sensualidad. Ese único atisbo de violencia era observado sin piedad, a través del horizonte del metal, por los ojos de transeúntes deseando saciar su odioso morbo.  Dicen que la luz cenital de esa nublada mañana, iluminaba la escena como si de un estreno de Broadway se tratase, pero estreno de función única. Dicen los que la vieron de cerca, que no consiguieron encontrar lágrima alguna que perturbase la extrañamente relajada faz.

La fotografía fue realizada a escasos minutos de la tragedia (con la evidente fortuna que los fotógrafos deben tener como aliada) por un estudiante llamado Robert C. Wiles y se publicó en la portada de la magnífica revista LIFE el día 12 de mayo del mismo año con el pie de imagen de «El suicidio más hermoso.«

La policía encontró una nota de suicidio con varias frases, una de ellas tachada…

  • “Él está mucho mejor sin mí… yo nunca seré una buena esposa para   nadie…«

Evelyn se despojó de su abrigo, lo depositó bien doblado junto a su escueto bolso con escasos dólares, maquillaje, fotos familiares y la citada nota, antes de saltar al vacío.

Cayó sobre el negro techo del automóvil sólo protegida por su espalda, en una extraña pirueta y saltándose el manual del perfecto suicida que obliga a destrozarte la cara sobre el frío y duro asfalto.

Lo que más me perturba pensar discurre cuando, durante esos horribles segundos previos al impacto, Evelyn se arrepintiese de haber tomado semejante decisión, se girase en el vacío mirando las recias paredes de hormigón del rascacielos, las islas de azul cielo que uno debe vislumbrar en cada ventana y entonces recorriese por su cuerpo, como un tremendo escalofrío, un fuerte deseo de aferrarse a la vida, intentando implorar una ayuda imposible, un arrepentimiento ya inútil ante lo inevitable.

A pesar de mis sospechas, nunca sabremos qué impulsó a Evelyn a volar sin alas … pero al menos murió con extrema elegancia. Barry falleció en el año 2006 sin haberse casado nunca.

Quizá en esos últimos instantes ella amó la vida con más intensidad que nunca y solamente quería encontrar las respuestas que nadie le supo contestar. Dicen que cuando los empleados de la funeraria retiraron el cuerpo, creyeron oír el lamento del automóvil y que un universo de pequeñas gotas de rocío apareció sobre el magullado acero, eran las lágrimas que faltaban sobre las tersas mejillas de Evelyn.

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