Te cubriré de estrellas

Se despertó como siempre, a la misma hora, era de sangre madrugadora y se despertó imitando la rutina que había hecho a lo largo y ancho de su ya otoñada vida. Abrió sus cansados ojos, al mismo tiempo agradecía seguir otro día vivo y entero de cuerpo, aunque maltrecho de alma, sin recordar el porqué de tal desacuerdo. Al levantar sus pesados párpados miró al blanco techo repitiendo, como en cientos de mañanas, el mismo ritual: giró su cabeza hacia el viejo reloj despertador que su madre le regaló para llegar pronto a la escuela, signo entonces de buena y decente educación. Un reloj tan achacoso como él, pero aún ágil e implacable en marcar el tiempo gracias a las gotitas de aceite de oliva con las que, de vez en cuando, premiaba a los quejosos engranajes. El reloj retrasaba tanto como adelantaba, acertando casi siempre en la hora que la radio le solía gritar entre los manidos comentarios de tertulianos en cómoda hibernación neuronal y los anuncios de mundos mejores demasiado lejanos.

Y después de saludar como siempre a la vida, al techo y al reloj en ese orden, se giró hacia su esposa que dormitaba con cierta inquietud. Sabía que ella apenas había tenido pesadillas desde esa promesa de amor y dedicación eterna en aquella ceremonia ya muy lejana pero bien recordada con una intensidad poco común hoy en día. Siempre intentaba rememorar los días de aquel verano en un pueblo de la meseta castellana tan acostumbrado a pasar sofocos y sabañones como al buen comer y al duro esfuerzo por vivir. Allí conoció a su chica, moza inquieta en fiestas y ferias, deseosa de lucir su alegría y sensualidad aún a costa de la palmada en el culo de algún garrulo saciado de mal vino. Él fue administrativo sin voz ni voto, trabajador y honrado, cualidades que apenas le sirvieron para medrar en la empresa y sólo recibir una cesta de Navidad algo menos holgada. Ella trabajó de maestra en la escuela; enseñó a buenos niños y niñas a ser más buenos y muy cultos hombres y mujeres; muchos de ellos, los que aprovecharon la pizarra y sus cuadernos, con el tiempo tuvieron que escapar del insulso territorio en que se había convertido su país.

La conoció en el estío de un pueblo que espera impaciente (y agradece) la venida del sublime manto estelar que comienza a cubrirlo pasado el ocaso, cuando ya el calor se retira a dormir y el fresco acaricia las solanas. Empezaron a pasear su discreto amor al abrigo de los soportales colmados de ojos indiscretos en la plaza del ayuntamiento. Y , como si de una procesión poco piadosa se tratase, llegaban sin darse apenas cuenta a hallarse tumbados en el llano, entre los campos ya segados y limpios de grano, entre el picante olor del tomillo y el limpio frescor del espliego, acariciando su amor menos vigilado y más prohibido, tornando besos por encuentros. Quedábanse horas y horas mirando el cielo nocturno y hablando del futuro, jugando con sus dedos a pasarse pequeñas chinas que rebuscaban sin darse cuenta entre la templada tierra. De vez en cuando un roce discreto, un aliento más intenso o el susurro de una bella promesa. Y tras muchas noches de aquel largo verano, repitiendo la misma obra en un solo acto, en la Luna nueva de agosto, a salvo de los hombres lobo de la taberna y de las beatas de la iglesia, él pronunció casi sin darse cuenta esa frase que ella premió con un fugaz beso:

  • ¡Dios mío, cuántas hermosas estrellas!… Y tú caíste del cielo sin darme antes cuenta, ¡qué envidia me tendrán al verte a tu lado, mi amor!

El rumor de la ciudad le hizo dejar estos pensamientos. Se giró hacia su esposa y, por vez primera con cierto temor, le cosquilleó el pie para traerla desde las tinieblas de los sueños a la luz con una sonrisa. Pero algo le decía que ese despertar no iba a ser idéntico al resto; algo muy inquietante rondaba por sus pensamientos -aún dormidos- sin darse a conocer. Repasó mentalmente, mientras su pie luchaba con los sueños de su esposa, la lista de tareas para ese día: levantarse y colocarse las vértebras como sea, desayunar el crujiente pan y ese delicioso café que ella preparaba en el puchero, hacer la cama (tarea en la que él era un experto legionario), estrenar la nueva camisa que le regaló su hija para lucir sólo en buen tiempo, salir a la calle para comprar la aburrida prensa y el delicioso pan que vendían en la nueva panadería del chaflán… Lo de siempre, tareas gemelas desde que le licenciaron en su trabajo de años de fidelidad y paciencia con un horroroso trofeo al “empleado más antiguo y fiel”. Su esposa se licenció poco después de haber entregado toda su sabiduría y paciencia enseñando a niños y niñas de toda calaña; hizo lo que pudo con ellos, pero la selección natural es implacable, sobrevivieron unos pocos. Aunque se llevó el recuerdo de las decenas de sonrisas de gratitud que sus alumnos le regalaron en su último día lectivo.
“Hola” le dijo ella con voz cansada, él contestó con otro “hola” algo más entonado, pero con similar tristeza. Atrás quedaron las noches de buenos deseos y las madrugadas de palabras tiernas; ahora parecía que el carnívoro tedio de la gran ciudad les había impuesto cercenar no solo su vocabulario sino, terrible realidad, sus sentimientos. Ni una mirada, ni un roce, ni un beso, ni un lamento, ya todo parecía perdido… Ella se vistió con cierta presteza, algo impropio de toda mujer que se precie hermosa y coqueta. Y ya despiertos y levantados, comenzaron en silencio a repartirse las tareas diarias; él pensó en su diario quehacer mientras seguía sin saber el porqué de tanto desamor, de tanta desazón, de tanto desconsuelo. Hasta que, regresando de la cocina con el pan tostado y el café caliente, su mirada se fijó fugazmente en unos papeles dejados sin orden sobre la mesa del salón. No detuvo la mirada ni tampoco el paso, ni lo quiso hacer, pero juró haber visto terribles palabras escritas… “separación, sentencia, divorcio”, dolor en esencia.

Se acomodó en su silla preferida cerca de la ventana, no para ver el horrendo paisaje de grises y sucios edificios festoneados por el tránsito salvaje de coches y personas anónimas, sino porque el Sol entraba ya con puntual fuerza e iluminaba el dorado aceite que resbalaba por el pan pareciendo esconderse del intenso resplandor. El primer sorbo de café le devolvió a esa vigilia llamada realidad que, en ocasiones, parece más una pesadilla. “Separación, sentencia, divorcio” volvieron a surgir las insensatas palabras y recordó el porqué de tanto desamor.

Ese mismo día tenían cita con el notario de aquel pueblo que les despidió con miles de blancos pétalos de rosa y canciones de alegría. Allí, frente a tan ilustre testigo de hechos legales, rasgarían para siempre años de arrullos, de abrazos, de besos.

Casi no desayunaron, para qué alimentarse cuando el fin está cerca, casi no se miraron, para qué ya tan sutil necesidad, más cuando en la bonanza se alimentaban el uno del otro sin cobrarse ningún impuesto. Bajaron a la calle sin cruzar palabra alguna, no había mucho que decir. Él tenía cierta esperanza en que el coche tuviera sus propios achaques y se negase a prestar el servicio requerido, pero lo cuidaba demasiado bien y arrancó a la primera, como siempre. Ella se acomodó a su derecha, apoyó su cabeza en el respaldo del asiento, girándola hacia el gris paisaje y (dicen las crónicas) se pudo haber escuchado un leve gemido ahogado por el ruido del motor.
No tardaron mucho en llegar a la carretera secundaria que atravesaba el llano; los campos de cereales esperaban ya las nuevas semillas. Salir de la autovía y entrar en esa estrecha carretera era pasar de un mundo opaco y cansado de la vida… al vigor de la juventud compartida cuando ese hermano pequeño del amor llamado enamoramiento, se torna en irresistible sensación tendente a aparecer a la vuelta de cualquier esquina y, sin avisar, darte de bruces con su carita gorda de angelote renacentista. Pero ninguno de ellos sentía ya ese dulce efecto.

La carretera se dibujaba como una recta perfecta sólo traicionada por alguna suave curva que rompía algo la ausencia de palabras. Al salir de una de ellas, unos pequeños pajaritos atravesaron volando la calzada asustados por el ruido y cruzaron con increíble rapidez por delante del automóvil. Esto hizo que él desviase la vista para seguirlos durante unos instantes. Siempre fue un extraordinario aficionado a la naturaleza y ella su más fiel seguidora. Algo ocurrió al desviar su mirada que le hizo parar el vehículo con decisión, bien pegado al arcén de la carretera. Ella se sobresaltó y quebró su silencio con cierto susto

  • ¿Por qué te has detenido?, ¿te encuentras bien?
  • Mujer -le respondió- ni tú ni yo estamos bien, y sabes el porqué. Pero antes de llegar al pueblo quiero que me acompañes a un lugar .

Ella se sintió confusa pero muy interesada; su esposo siempre intentaba sorprenderla y siempre lo conseguía; y guardó de nuevo silencio.

Salieron del automóvil y él le tendió su mano para guiarla a tan misterioso lugar. Ella receló un poco al principio, pero aceptó su mano y, cruzando la carretera, siguieron el imaginario rastro aéreo que los pajaritos habían dejado. Y entre las piedras y la maleza pronto llegaron a un pequeño bosque entre los sembrados.

Allí estaba, imponente ser, la vieja encina, sobre las demás, astuta criatura superviviente al fuego del rayo y la ira del leñador. Soltó su mano y giró entorno a su grueso y arrugado tronco buscando la solana, ese territorio a salvo de musgos y helechos. Y encontró la promesa. El árbol había guardado con mimo los signos grabados por ellos en aquel lejano verano. En un pequeño claro de su corteza, en lisa y brillante madera, punteados por los juguetones rayos del Sol huyendo entre las hojas, volvieron a ver con asombro sus nombres escritos sobre el fondo de estrellas que tallaron con esfuerzo los dos enamorados; sus nombres como dos corazones errantes pero juntos en el firmamento.

Y se quedaron mirando su promesa, como un sublime recuerdo enmarcado y protegido por la dura leña de la encina; así fue durante largos minutos hasta que el breve canto de uno de los pajaritos les hizo mirarse a los ojos; ella ladeo su cabeza y se mordió con delicadeza un pedacito del labio inferior y dicen que a él se le escuchó un suspiro que aventó cualquier miedo alquilado. No necesitaban decirse palabra alguna, tan solo tumbarse al abrigo del árbol, como antaño, juntar sus manos de nuevo, fundir sus corazones y esperar ver las estrellas…

Sonó con inusitado estruendo el viejo despertador; él abrió los ojos con susto y allí estaba el blanco techo, de nuevo; ni una estrella, ni un cometa, ni el negro del firmamento, ni la encina. Todo había sido un hermoso sueño. Su esposa se despertó también asustada y le preguntó qué le ocurría, si había tenido una pesadilla. Pero él no le contestó; sentado durante unos segundos sobre la cama, esa cama testigo de tanto amor, miraba hacia el salón con los ojos prendados del olor de la soledad cercana que promulgaban esos papeles y con las lágrimas luchando por salir de su prisión. Se levantó rápido; descalzo y nervioso se dirigió hacia la mesa del salón iluminada por la intensa luz de su fiel Sol. Se mantuvo de pie bien firme junto al páramo de la mesa, observando los serios papeles que contenían esas palabras que solo deberían aparecer en los crucigramas: “separación, sentencia, divorcio… “. Y pensó que nunca supo de tantas mentiras escritas, de tantas falsedades impresas en papel, de tantas equivocaciones no resueltas.

Sintió cómo su esposa salía presurosa del dormitorio y no lo pensó dos veces, por qué pensarlo, por qué traicionar los años de venturas, de generosidad y entrega, por qué hacerlo, por qué olvidar todo lo amargo que pasaron juntos si lo sublime del amor que compartieron y se donaron el uno al otro superaba cualquier tropiezo. Todo tiene un valor si se comparte, todo tiene un buen fin si este es sincero y proviene del corazón.

Asustada y con cierto temor, le preguntó: “¿Qué te ocurre? “. Él se giró, sus manos agarraban con fuerza esos papeles malditos y errados. Y ella, de nuevo, pero con la suavidad de los primeros besos de sus hijos le repitió la pregunta:

  • ¿Qué te ocurre, cariño?, si te encuentras mal no nos vamos al pueblo.
  • No, vámonos lo antes posible, no perdamos más el tiempo.

Dijo mientras rompía en mil pedazos los papeles, cayendo estos al suelo con la misma elegancia de aquéllos lejanos mil pétalos blancos.

Y acercándose a ella, cogió sus manos con la misma fuerza de aquél mozo, la miró a sus ojos con la misma intensidad de aquellos días, tornó sus labios en una dulce sonrisa, liberó a sus lágrimas del cautiverio y le susurró bajito al oído:

  • Ven mi luz, que nos esperan tus hermanas, las estrellas.

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