Madre e hijo.

Por Antonio Grañena Marín, 24/12/2019, Tránsitos entre ideas

El frío invierno rasgaba con antelación las calles de la gran ciudad. En tiempos pasados, de luchas fratricidas y hambre excelso, en esas mismas calles entonces embarradas de sangre, se tornó la esperanza de miles y miles de buenas gentes en desdicha imborrable. Pero esto ocurrió hace ya muchos ocasos, parto concluido de esa guerra civil obligatoria en todo pueblo que se precie. Tiempo lleno de muerte que pone a prueba lealtades y principios.

Desde entonces, la cafetería permanecía casi inalterable en su aspecto: una fachada de gris y dura piedra guardaba un mágico y cálido espacio interior repleto de luz tenue y gentes amables que deseaban olvidar (aun por unos momentos) la contienda pasada. El aire prendado del olor a café recién molido, a mantequilla fresca, al aroma de los pasteles y el chocolate. Y los camareros, turnando sus vidas al servicio de sus golosos y fieles clientes, intentando hacer el mínimo ruido al depositar las espléndidas tazas de porcelana sobre las mesas de mármol.

Una mujer, de tenue apariencia, cruzó el rellano de la puerta puntualmente, como siempre lo había estado haciendo durante incontables años. Bien apañada de ropas y suave lucida de pinturas femeninas, coqueta reminiscencia de su agitada juventud entre los machos primitivos y las hembras machistas que la educaron para ser buena chica, confesa de pecados, amante de su casa y esclava de todo señor bien tocado de entrepierna.

Más, no por llevar tan leves vestimentas y sutil adorno, fue nunca motivo de chanza o bufa, al contrario, nació con esa elegancia propia de los seres tocados por los dioses… o por el dios de turno. Mantenía cierto olor a juventud a pesar de sus muchos años no aparentados; nadie sabía su edad y nadie osó indagar en ello, porque era un principio y regla no escrita, algo que todo hombre y caballero no debería saber nunca.

El libro de su vida, en las páginas iniciales, sitúa su venida al mundo en un pequeño pueblo de la meseta norte, en la bella península ibérica, crisol, cuna y prostíbulo de tantos y tan diferentes pueblos que, sin desdeñar su historia, se aprovecharon bien de sus riquezas. Fue entonces, pueblo tranquilo, de bien avenidos vecinos y muchos niños y niñas correteando por sus calles y las tierras porque, aparte del amor primitivo, se necesitaban futuras manos para ganarse los cuartos y comer algo caliente.

La vida en el pueblo discurría como siempre lo había hecho, casi sin reposo, al cobijo de otros núcleos más importantes que se disputaban las fértiles riberas del aquel río que nutría tierras y almas por igual. Y como en todo pueblo de principios de siglo, entre las siembras del invierno y la primavera y las esperadas cosechas del verano y otoño, entre fiesta y feria, los habitantes podían dar rienda suelta a las alegrías y placeres cautivos el resto del año por el quehacer diario y la campana de la única iglesia.

En una de esas fiestas, quizá de virgen o quizá de santo, al ritmo de ese pasodoble que habla de añoranzas y anhelos, ella conoció a un gentil mozo, guapo y espigado, de buena cuna, de esas cunas de bronce y organdí, puntillas ocres, blancas sábanas y talco veneciano. Ella también tuvo cuna, pero menor, de madera de fuerte olivo, algo áspera, pero gozó de sabanitas de suave algodón perfumadas por las manzanas que su madre acostumbraba guardar entre los pliegues, en el único armario; paños heredados con amor para apresar la tersa suavidad que todo bebé expone al mundo hasta que se hace mozo o moza. Su inicial amistad fue más allá de lo permitido por la rígida y absurda moral imperante desde que el humanismo de la Grecia Clásica sucumbió al sometimiento religioso. Los estrenados amantes buscaban atusar sus amores entre la mirada altiva de los álamos del río y la soledad de la ruinosa paridera del otero; tan sólo con las fugaces amapolas como testigos de sus escarceos de cuerpos vírgenes. Y como la naturaleza no avisa y va a lo suyo, les convirtió en feliz madre a ella y en asustado padre a él.

Claro, todo ello sin el permiso de la iglesia, más empeñada en ocultar bajo palio sagrado a dictadores culones que santificar cualquier vida nacida del amor.

Las mujeres no pueden ocultar mucho ese tiempo de sublime y costosa creación… al final se les nota. Y los hombres tampoco, también se les nota: en la cara de susto que portan. Los padres del mozo eran “gente de principios”, algo que equivale a “no me importa tu opinión, tú vas a hacer lo que yo te diga”. Y así el padre al enterarse de la feliz noticia, en vez de romper a llorar de alegría, rompió varios jarrones (muy inútiles, hay que decirlo), un espejo (empeñado siempre en resaltar las arrugas) y el botijo (que siempre se había creído a salvo por su esencial función).

Y mientras la madre del mozo, se soltó la peineta y comenzó a gemir desconsolada santiguando a todas las figuritas sacras y escapularios que encontraba a su paso. Los padres de ella se miraron a los ojos y engordaron sus carrillos, a lo hecho… Bien es cierto que estas cosas tan naturales y de tan escasa planificación, en una sociedad en la que cuentan más los comadreos y las falsas apariencias que la felicidad, provocaban enormes tragedias que dejaban a los autores clásicos griegos en guionistas de vodevil portuario.

La embarazada y el embarazador se querían con locura, pero no habían pasado por el juicio moral de los padres ni por el altar de su religión. Lo primero, quizá, era más grave. Los padres de ella no pudieron hacer nada, tan solo pedir perdón por lo que había hecho su hija…  Toda la culpa se la llevó la chica, la tentadora hembra, la lujuriosa Eva, la sirena a cuyos pechos sucumbían hasta los ciegos ebrios por el dulce olor que exhalaban. El mozo hizo lo que pudo, ya tenía bastante con soportar los lloros histéricos de su madre y los gritos de su padre; y eso que intentó convencer a todos del sincero amor que se profesaban. Y así transcurrieron los meses reglamentarios de procreación entre el silencio de todos y los amplios vestidos para ocultar el hecho.

Llegado el día, ella parió lejos, en la capital, a salvo de miradas y malos comentarios. Sin embargo, lo peor estaba por venir; los ya cuatro abuelos oficiales decidieron proteger el honor y la decencia y, de común acuerdo, el bebé acabó en la familia pudiente, mientras la recién estrenada madre se quedaba en un mismo acto sin mozo y sin hijo.

El pueblo tuvo la mala suerte geográfica de caer entre los dos bandos de la guerra civil: en un barranco se formaban las barricadas de unos y en el cercano páramo la artillería de los otros. Y ellos en medio, sin saber a quién hacer la pelota para salvar el pellejo, con un miedo atroz y. La guerra, aparte de muerte, siembra el rencor y el odio y promociona el olvido de las buenas cosas y así, las penurias posteriores al conflicto cerraron la inmensa herida que ella, la mujer, llevo con la mayor dignidad externa, pero con una inmensa tristeza. Nunca la dejaron ver a su hijo. Y decidió poner tierra, mucha tierra, de por medio.

Años después, ella supo que su buen mozo murió en una trinchera porque su cabeza se interpuso en la bala de un francotirador cuando intentaba ayudar a un compañero acribillado por la metralla de una mina. También supo que los padres del mozo habían elegido el bando correcto y emigraron a la gran capital del nuevo imperio establecido.

Ella casi siempre sentaba su humildad y virtud en una escueta pero cómoda silla de madera junto a una pequeña mesa de tablero de mármol blanco y pesado pie de hierro. Pedía lo mismo, esa merienda negada en sus años mozos por mor del cruel racionamiento, una taza de espeso chocolate y esos finos y sabrosos tejeringos que elevaban plegarias al altísimo al sumergirse con fervor en el líquido cacao.

Desde hace muchos años le atiende el encargado de la vetusta cafetería, un hombre casi 17 años más joven que ella, alto, muy elegante, educado en maneras y culto en formas. Le conoce desde que él empezó como mozo abriendo puertas, barriendo los suelos, fregando y cargando pesadas cajas de loza y sabrosas bandejas de pasteles en mil colores tocados. Luego el mozo medró en muchacho al caluroso puesto de ayudante de horno, engrosando algo su fibroso cuerpo al ser tentado por la musa del dulce escondida entre las vitrinas llenas de botes de vainilla y canela, semillas de anís y ajonjolí y terrones de mantequilla y nata.

Más adelante, y dado el constante trabajo y la buena educación del chaval, entró a formar parte de la plantilla de camareros, eso sí, como ayudante de sala. Fue una época de intenso trabajo, aprendiendo a tratar clientes, a chapurrear algunos idiomas y aguantar impertinentes bocas de ambos sexos. Pero nunca perdió su elegancia, compostura y educación. Por esto mismo, a los cuatro años de buen hacer, ascendió al muy honroso puesto de camarero, pudiendo engalanar su porte con los galones del uniforme oficial de la cafetería: una blanquísima y ajustada chaquetilla con dorados botones y coronada por una grácil pajarita, pantalón negro de raya matemática y zapatos que servían de espejo para cuando el trasiego de las meriendas les despeinaba sin darse cuenta, zapatos nuevos que, por autoridad, cantaban un taconeo al caminar.

Ella recordaba con una inmensa alegría y asombro, aquella tarde que le vio por vez primera, portando tan insigne uniforme. Al cabo de los años, aquel chico apuesto y elegante, progresó con la discreción y empeño necesarios y consiguió el respeto de sus compañeros, de los clientes y de su jefe, en ese orden. Las bambas con nata, cruasanes, suizos, merengues y milhojas se disputaban su mirada deseando ser pronta merienda de golosa dama o gentil anciano. Pero el día más hermoso que ella puede recordar después de tantas y tantas tardes de visitas, fue cuando ese espigado y elegante camarero, ya casi convertido en breve filósofo de tertulias y secreto confesor de los clientes más fieles, obtuvo la plena confianza del dueño de la cafetería (postrado en cama por la edad, el duro trabajo y los miles de carajillos consumidos) y le nombró encargado supremo de clientes, bollos, personal y dineros, en ese orden.

Siempre existió una especial relación entre el recién encargado de la cafetería y la mujer de esta historia, relación diferente al del resto de los clientes, de respeto y cordialidad por parte de él, de afecto y ternura oculta por parte de ella. Los años de amabilidad recíproca la convirtieron en la clienta más apreciada por todo el personal. Pero la puntual asistencia a la cafetería, a veces hasta cuatro veces por semana, guardaba un triste secreto encerrado en una bella caja.

El azar había querido llevar a la mujer desde el poblacho que la vio nacer hasta la capital, gracias al esfuerzo y sacrificio que sus padres hicieron durante toda su vida para que su culta, elegante y sensible hija pudiese encontrar un horizonte más luminoso después de la acaecida desdicha. Habían ahorrado el suficiente dinero para que pudiese labrarse un futuro lejos de las vacías trincheras que aún parecían humear. En la ciudad consiguió un puesto de dependienta en la joyería más selecta de todas, puesto que conservó hasta su temprana jubilación. La citada joyería se encontraba a escasos minutos de la cafetería. Y fue un día lluvioso de invierno cuando entró por vez primera y vio al entonces mozo, sintiendo un escalofrío que atravesó todos y cada uno de sus recuerdos. Desde entonces se interesó por aquel mozo con pinta de galán. Supo que sus abuelos vivieron en un pueblo de la meseta norte española, que su padre murió en la guerra y fue un héroe, que su madre desapareció en las sombras surgidas de la injusticia, que el olor que más le agradaba era el de las frescas manzanas… y así ella iba escribiendo cada tarde de merienda, el libro de la vida de aquel, por entonces, atento chaval. 

Al cabo de los años, al cabo de cientos de tazas de chocolate y miles de churros, el zagal elegante se transformó en señor y responsable de la poblada cafetería. Y una fría tarde cercana a la Navidad, cuando por la radio se escuchaba un villancico, ella como siempre entró con la ilusión del primer día y la dulce sonrisa que heredó de su madre, y esperó sentada a que el elegante encargado (que sólo le atendía a ella en persona) se acercase:

Se le iluminó la cara y el alma cuando le veía acercarse a la mesita del rincón, perfumado sin querer por el aroma de las manzanas empleadas en la nueva exquisitez de la pastelería: tarta de manzana y nata.

-Buenas tardes, señora, la veo espléndida en este frío y triste viernes de diciembre, bienvenida de nuevo, le echaba de menos. 

-Buenas tardes Abel (ese era su nombre), eres… (rectificó al instante) es usted muy amable, como siempre. No me puedo quejar; sigo viva, que no es poco, y con mis buenos y malos recuerdos, pero muy feliz por seguir disfrutando de las buenas personas como usted.

–Mucho me alegro, señora, siempre es un placer verla de nuevo; sepa, con todo mi respeto, que ya no sólo es una fiel y querida clienta, sino que la considero casi de la familia.

La mujer levantó la mirada y esbozó una leve mueca, entre triste y alegre, y a punto estuvo de escaparse una lágrima.

-Gracias Abel, sé que usted es sincero y le agradezco de corazón sus amables palabras. Vivimos en un mundo donde las personas cada vez se desean menos venturas, y encontrar alguien que sepa escuchar y conversar en un privilegio. Estamos de paso en esta tierra y nos empeñamos en escatimar el amor al prójimo.

-Por favor Abel, hoy traigo hambre atrasado, tráigame lo de siempre.

-En un placer escucharla, siempre la recordaré así. Ni mi madre, a quién no llegue a conocer, lo hubiese dicho mejor. Permítame, señora.

Entonces Abel, atrapó con su cálida mano los dedos de la mujer, y todo junto, dedos, manos y brazo quedaron en línea con su boca y, con extrema delicadeza, cerró sus ojos con un inmenso respeto y cariño y depositó en el dorso de tan suave mano, un beso; sin decir nada más (no era necesario) se giró a preparar la comanda. 

La mujer sintió un escalofrío y, sin bajar la mano, susurró…

–Gracias… hijo mío.

El amor es maravilloso, casi tanto como la propia vida, o más, no lo sé; y produce una intensa alegría en los corazones humanos que, quizá, ni todas las poesías escritas o por escribir apenas lleguen a rasgar el velo tranquilo de este sentimiento único y necesario.

Si amas intensamente no esperes respuesta alguna, en ocasiones los demás no perciben esa dicha y si viene despistada se convertirá en el mejor de los regalos que puedas recibir en tu vida, aprovéchalo porque no te lo vas a llevar…

Después de estos compromisos no volverás a verte a ti mismo de la misma forma, son los riesgos, bellos riesgos que merece la pena correr.

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