.En lo profundo de la noche más hermosa.

De repente un día sucede, sin darse apenas cuenta de ello; pensamientos fugaces que habían rondado su mente desde hacía algún tiempo pero a los que no dio la importancia debida. La percepción del tiempo cambia con los años; en la juventud, el tiempo es un aliado de nuestras acciones, nos acompaña y no lo distingues del resto de sensaciones intensas; en la madurez, permanece casi estable, no agobia mucho, y discurre cuán ancho y caudaloso río mientras intentas dedicarte sólo a vivir; pero en la vejez… En la vejez te sientes al borde de un precipicio viendo llegar rauda una enorme bola de nieve, intentas atar con prisas la cuerda de tu vida sabiendo que lo inevitable es eso mismo, inevitable… Hasta que la bola te alcanza.

Un día cualquiera, él entró en la habitación de su hijo, como tantas otras veces había hecho. Y un fugaz pero intenso escalofrío recorrió su cuerpo: todo había cambiado y no de repente. Sospechaba, desde hacía unos años, que esos cambios se producían sin permiso de sus padres pero con la imparable fuerza que la naturaleza otorga a la evolución. Aún así, no quiso dar consciencia a los hechos acaecidos delante suya. La estancia de su hijo ya no lucía los colores chillones y alegres de la infancia recordada, de las paredes ya no colgaban esa suerte de peluches de facciones agradables, suaves curvas, sencillas formas y olores dulces; los muñecos habían dejado de convivir en las estanterías y en su cama (revuelta constantemente por su incipiente inquietud), los multicolores libros de aventuras y ensoñaciones habían dejado paso a escritos y a formas casi anárquicas, casi agresivas; aquéllos melodiosos susurros de antaño se tornaban en sonidos rompientes y poco amigables, incluso el olorcillo tenue de aquél bebé era ya muy diferente, había dejado paso al seco, masculino e intenso aroma de la atracción química. Sus cositas, sus juguetes, sus tesoros guardados en cajas sin llave alguna, su ropa de muñeco hermoso, yacían sin orden aparente en cajones. Las pertenencias utilizadas en sus hábitos diarios, parecían tristes resquicios de alegres juegos repletos de ojos asombrados y blancas risas, inocentes juegos apartados por la energía de las hormonas de una imparable naturaleza deseosa de pervivencia.

Él aún podía visionar, con esa pegajosa nostalgia del recuerdo cuando, en lo profundo de la noche, aparecía en la habitación una diminuta figura, sudorosa y temblando de miedo, un cuerpecito envuelto en un mullido pijama, y apenas vislumbraba una cara con ojos de gigante arrepentido, agarrando con fuerza su muñeco favorito después del traicionero ataque de un malvado monstruo en una traicionera pesadilla. Y aún añoraba con intensidad cómo se acurrucaba entre los dos, entre su madre y su padre, sabiéndose amado y protegido, intuyendo sueños futuros llenos de mil colores y mil amigos y mil aventuras. Y no dejaban de aparecer imágenes de los cientos de biberones que saciaron su hambre, de las dulces canciones recitadas hasta que la gravedad vencía a sus ojitos, de las esplendorosas risas traídas por insistentes cosquillas, del pequeño y tierno ramillete de deditos que podías atrapar en tu mano, de las largas conversaciones en extraños pero divertidos idiomas infantiles, de las lágrimas con sabor a mar que discurrían por redondos mofletes.

El sentido común le volvió a recordar que tuvo la inmensa tarea de educarle, de enseñarle a compartir, a respetar, a ser curioso, a dialogar, a admirar el hermoso planeta que le ha correspondido en alquiler, a vivir como bien él intentó a lo largo de su vida. Añoró de nuevo comerle a besos, abollarle a abrazos, aspirar su perfume, atusar su pelo, convertirse en un mago capaz de encender la luz del cuarto creciente de su sonrisa. A cambio, quizá, de unas últimas lágrimas de juventud en agradecimiento a tantos y tantos cariños otorgados.

Y siempre tendrá la inmensamente pesada incertidumbre de saber si habló lo suficiente con él, si le besó lo suficiente, si le enseñó lo suficiente, si le amó lo suficiente…

Y le costó entender que su hijo no es su propiedad, que es una persona independiente y que tuvo el privilegio de ser su padre o su madre, sin pedir nada a cambio. Y comprendió el sentido de su labor en tantos y tantos años de contadas pero intensas alegrías y muchas y exageradas preocupaciones: si tuviese que elegir entre cambiar todos los buenos y menos buenos momentos pasados a su lado por volver a vivir aquellos maravillosos años de su infancia, donde todo era más pequeño y más cercano, de otra dimensión, todo se veía más luminoso y el tiempo era tu aliado… Sin duda, elegiría dejar en paz sus recuerdos, guardarlos bajo la llave de la ilusión y otorgará a su hijo el mismo derecho que él tuvo gracias a sus padres: a besar, a crecer, a compartir, a aprender, a amar, a vivir con más intensidad si cabe que sus padres. Sería incapaz de condenarle a una infancia eterna tan solo por agradar a sus recuerdos.

Las indómitas canas se empeñan en recordarle todas las mañanas, a su pesar, que ya debe celebrar los otoños y no los veranos; son unas increíbles criaturas que te miran directamente a los ojos a través del sincero espejo del cuarto de baño desafiándote a teñir su descarada claridad o cercenar su longitud sabedoras de su recurrente y tenaz crecimiento. Pero, a pesar del anecdótico recordatorio, pensó que después de atravesar unas cuantas tierras y mares, la noche de los Reyes Magos es la más hermosa noche de todas.

A lo largo y ancho de nuestras vidas, hay muchas nocturnidades olvidables pero unas pocas recordables por su carácter especial: la primera vez que dormimos en casa ajena, la primera juerga nocturna acabada no se sabe en que parque o acera, el primer vivac bajo de las estrellas, el primer amor nocturno, la luna de miel, los «agradables» llantos de madrugada de tu bebé hambriento… y la primera noche de Reyes convencidos de su existencia, con los ojos tan abiertos sólo atrapados por las pestañas, nervioso como un junco en un vendaval, esperando escuchar el ruido delator del roce de la capa de uno de los tres Reyes Magos o el tropezón del camello despistado con la silla. Y preocupado por saber si los deliciosos dulces, el vasito de leche o agua, la copita de coñac… serán buenas viandas que ayuden a recuperar las fuerzas a reyes y camellos, por muy magos que éstos sean.

No deseaba expulsar de su vida esos maravillosos momentos vividos durante la infancia de sus hijos, son breves pero únicos y maravillosos, integrantes propios de una personalidad que, desgraciadamente, intentaba ocultar muchas veces a los demás cuando nos convertimos en adultos. Después de años y años aparentando la edad impresa en un papel, por una vez, deseaba volver a jugar, a reír, a gritar, cantar, bailar, besar como aquellos enanos inestables que una vez fuimos.

Pasados los años y casi borrada la ilusión por los regalos recibidos, pudo recuperarla con sus hijos, pensando en lo maravilloso que resulta ver como comparten, juegan, se pelean, construyen y destruyen, se besan, se abrazan, gritan y lloran… como hermanos que son, deseando tan sólo, si se había portado bien, que sus hijos nunca dejasen de ser hermanos.

Y cuando la noche más hermosa, su noche más querida, su noche más ansiada, toca a su fin, cuando la oscuridad se diluye en la púrpura y fría luz del amanecer del nuevo año, cuando «no se sabe quién» se ha comido los dulces y bebido el agua y el coñac, cuando los pensamientos se arremolinan en la cabeza sin orden ni concierto, cuando los preciosos y tentadores paquetes hayan escogido su sitio en el salón, cuando el único ruido sea el de nuestra agitada respiración, cuando despierte con el inmenso placer de la esperanza ante lo deseado… pensaré llegar raudo al salón de mi casa esperando encontrar el mejor de todos los regalos: mi familia.

Y siempre, en todas las noches que le resten por soñar junto a su chica, en lo más profundo y oscuro de la noche, se despertará creyendo vivir en otro tiempo, esperará ver aparecer por la puerta de la habitación la diminuta figura y los inmensos ojos de su hijo y le reservará junto a su madre, por si acaso, un hueco entre los dos que aunque parezca vacío, estará lleno de amor.

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