.El rey.

De vez en cuando (sólo de vez en cuando) acostumbro a darme un festín de comida basura, que para eso tengo 136 de colesterol, ¡ele!… Bueno, más que festín es una degustación de hamburguesa y/o nuggets de conseguido sabor pero de dudosa procedencia, por mucho que se empeñe el “payaso asesino” de la consabida multinacional yanqui. Y siempre en comidas en las que comparezco sólo con mis pensamientos me dedico a la sana tarea de elegir víctimas e intentar diseccionarlas mentalmente sin llegar a la crítica o a la sangre, en un ejercicio impuesto por un (evidente) imaginario Holmes a su bien amado y neutro Watson. La disección tan sólo consiste en versar mentalmente la supuesta vida, milagros y tragedias de la víctima seleccionada tan sólo con mirarla, fijar su actitud, analizar y observar sus reacciones y, si se da el caso, escuchar sus palabras con discreción. Con un poco de práctica se consigue saber mucho de los anónimos personajes que pululan entorno a nuestra vida y de los cuales apenas podemos oler su perfume o su hedor como referencia única. Y esto da tablas para conocer mejor a familiares adosados o presuntos amigos.

Sentado al fin, después de recibir (cual cerdo ilustrado) la dosis de carísimas viandas si las comparamos con cualquier menú con primero, segundo, postre, bebida y pan y la conversación del camarero, o camarera preferiblemente. A estos menús yanquis hay que reconocerles la atracción que los humanos hemos desarrollado por esa supuesta comodidad tragona envuelta en sabores vestidos de especias y condimentos de tabla periódica; solemos rolar nuestro recorrido a los “burger” en vez de los restaurantes de comida casera creyendo ahorrar tiempo, pero no salud y calidad, algo muy, muy discutible viendo sus beneficios franquiciados.

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Y desde el tiempo que llevo zampando (que es lo que se suele hacer en locales de “comida basura”) en este mismo establecimiento, siempre me he fijado en el hombre encargado de limpiar, recoger y tener el local en las condiciones que la multinacional exige a los súbditos empleados. Este hombre no destaca en nada, no asombra por nada y no provoca nada; es bajo de estatura (como tú), con gafas (como yo), de agradable aspecto pero con esa cualidad muchas veces deseada cuando te cruzas con ese ejecutivo gilipollas que presume de hándicap, con el niñato maleducado que presume de marca pija o (lo que es peor) la familia de clase media justita que presume de coche y no asume su falla cultural. Esa cualidad se llama, humildad.

Pues bien, a esta persona siempre le he visto trabajar sin descanso, sin distracción, detallista para tareas tan poco creativas como recoger las bandejas dejadas y limpiar las babas del personal. Por cierto, esta costumbre de dejar las bandejas que algunos predican por aquello de “quesejodalamultinacional” cuando a quien joden es a los trabajadores, es digan de un estudio etológico aparte del civilizado. Igualito que muchos perturbados que inician acciones de boicot a productos de determinadas comunidades cuando a quien perjudican es a los trabajadores de esas empresas, actitud paleta donde las haya, que ya no existe ni en el más recóndito pueblo de la meseta castellana. Además de limpiar y ordenar la sala de comer, tiene todo como los chorros de oro, incluso la papelera dónde acaban sin condición de reciclaje, nuestros restos hamburgueseros. El hombre pulula con un aparente caos por la sala pero no se le escapa una patata frita pisada por el coñazo de niño de turno o el chorretón pringoso de Coca-Cola caído de los desmesurados labios del “pápaaa” de familia. Le he visto soportar incluso alguna que otra demostración de poderío cuando él lleva una retrasada hamburguesa a la mesa repleta de salvajes y no recibe un simple y barato “gracias”. Joder, a veces te dan ganas de agarrar una toalla mojada y liarte a tortas; puedo soportar casi todo, el fútbol, los pijos, los cantantes malos, los políticos de todos los colores… pero los maleducados tienen un sitio en mi lado más primitivo…

La última vez que le pude ver, seguía fiel a su quehacer y constancia, y le volví a saludar como en otras ocasiones. Me sorprendió que me conociese de vista porque atraco muy poco en esa hamburguesería, pero el tío se queda con las caras de todo el mundo, no por venganza siciliana, sino por pura y sencilla profesionalidad y sí, te saluda si tú lo haces, por educación… “hacía tiempo que no pasaba por aquí”… ¡cuánto tiempo sin verle!… ¿qué tal va todo?… frases que le reboto por lo bien que me educaron mis padres y por el respeto que merecen muy poquitas personas que conozco. Y ese día aproveché para verificar el currículo que me había formado de este hombre. No quise preguntarle su nombre más por guardar su anonimato que por completar el currículo, pero sí averigüé el tiempo que llevaba en ese mismo puesto: 14 años. Me sorprendí del rápido tránsito de nuestras vidas por ese enemigo de cutis y tersuras llamado tiempo; muchas veces creemos en su lentitud hasta que canas o achaques te gritan su existencia. Catorce años de trabajo en el mismo puesto, como eficaz y valioso peón para una franquicia de una multinacional, aguantando muchos clientes y agradecido por los menos. Y no quise preguntarle el porqué no había medrado en su tarea a mejores y más altos puestos, no quise incidir en ello porque, aparentemente, le notaba satisfecho.

Después de la breve conversación, la amable despedida y la obligada felicitación de las próximas fiestas paganas y cristianas, terminé de castigar el emplasto en que se había convertido la hamburguesa con dos certeros mordiscos tamaño aligátor amazónico para huir a mejores panoramas culinarios. Mientras, el hombre aludido, seguía como desde hacía catorce años en sus tareas rutinarias: recoge, limpia, arregla, coloca, ordena, barre, saluda, lleva, aguanta, traga… cuando observé a una señora con ese engendro de carro de la compra en el que colocas a tu hijo como apéndice y necesitas una autopista para maniobrarlo, acercándose a una de las puertas de salida del establecimiento yanqui. Como la señora tenía serias dificultades para abrir la puerta, sujetar al niño, vigilar el repleto carro y maniobrar sin llevarse por delante a ningún pensionista despistado, el hombre aludido se acercó a ella con rapidez, abrió las dos hojas de la puerta de salida dejando una cómoda huida e hizo ademán de empujar el pesado vehículo al exterior; la apurada señora le dijo con una sonrisa: “muchas gracias, es usted muy amable, ya puedo yo sola“, él insistió en la maniobra y ella con cierto nerviosismo ajeno añadió: “déjelo no vaya a ser que le digan algo“. El hombre aludido hizo caso omiso y sin perder la posición de sus gafas saco carro con niño y viandas navideñas incluidas mientras, dirigiéndose con sonrisa franca, respondió a la joven madre: “No se preocupe señora, aquí soy el rey“.

king-of-heartsNo soy monárquico porque considero que en una sociedad avanzada uno debe poder elegir libremente al proctólogo, al mecánico o al que debería regir la sociedad. Además en un país con rey, sus habitantes no son ciudadanos, sino súbditos; pero, en fin, a la peña le va la marcha feudal. Sin embargo me doy cuenta en muchas ocasiones que estamos rodeados de reyes y reinas que no tienen más poder que el de servir a los demás, sin pedir nada a cambio y sin llevar pesada corona de dorado metal. De esos monarcas sí merece la pena convertirse en súbdito de su ejemplo, más cuando nos vemos rodeados de falsos reyes que no despegan la mirada de su ombligo creyéndolo limpio de egoísmos. Estas personas reinan en espacios de solidaridad, de empatía con su propia conciencia; pueden desarrollar la tarea más insulsa del mundo, pero son verdaderos reyes, con dominios ejemplarizantes para el que sepa leer entre las líneas de la convivencia y el respeto, del buen trabajo y la responsabilidad. Y son reyes, auténticos monarcas, pero con minúscula que hasta para eso son humildes.

Con ellos sí merece la pena gritar: “¡Viva el rey!“.

…O la reina, para los políticamente correctos.